TITULO: Rosas de las noche
AUTOR: MELKA
2009
Rosas de la noche
Aquella noche ningún astro lucia sobre el negro cielo de Dadora. Las montañas yermas del norte de la región lucían, sobre sus paramos un manto plateado tan mortífero como hermoso, que no dejaba crecer nada vivo en sus entrañas, envenenándolo y secándolo desde lo más profundo de la tierra. Trasformando los brotes de vida en tallos frágiles y endebles que el incesante viento gélido que bajaba de la cima rompía en miles de finas partículas, que pasaban a ser parte del desolado y estéril paisaje. Pero esa noche un fenómeno inusual y de una naturaleza extraña, empezó ha moverse desde lo alto de sus llanuras. Una suave y cálida brisa proveniente de la cumbre envolvió todo el valle. Mientras una abrasadora luz dorada, empezó ha descender por sus pendientes, como venas de un cuerpo que despertara al soplo de la vida cálida y desbordante. Al principio estas venas parecían ir cada una por un camino independiente, ajenas al flujo de sus distintas partes, pero en su descenso empezaron ha juntarse en una sola arteria que se detuvo bruscamente sobre una enorme y solitaria roca negra. Y en ese punto, sobre una pequeña grieta que se hundía en las profundidades de la tierra, la enorme columna dorada se convirtió en una descomunal masa que se precipito bruscamente sobre una invisible fisura oculta por el plateado polvo. Reventándola en miles de fragmentos de roca y piedra que se precipitaron bruscamente a su alrededor. Un grisáceo humo mezclado con finas motas de polvo plateado quedo suspendido en el ambiente, mientras un intenso y casi doloroso silencio se apodero del Valle. Durante varios minutos, nada se movió, nada respiro, nada dio señal de vida y el viento dejo de soplar. Poco a poco, el fluido brillante tomo forma sobre la grita, dejando al descubierto una delicada silueta, de confuso género, hecho de miles de partículas de tierra centelleante. La figura, se arrodillo con suavidad en el aire sobre la inmensa grieta aún humeante e inclino la cabeza levemente intentando ver el fondo y el contenido que esta custodiaba. El fino polvillo plateado y venenoso del páramo que todavía flotaba sobre la cavidad, no pareció agradar a la luminosa figura. Soplo bruscamente sobre el agujero, haciendo que todas las partículas suspendidas se precipitaran, dejando visible su objetivo. Una leve sonrisa se dibujo en sus labios y acercando más su barbilla al hueco oscuro, clavo sus ojos en algo que ansiaba ver en la oscuridad de esta.
-He cumplido mi promesa. -Dijo la figura con voz suave y tenue.
-Ahora, no me corresponde a mí guiar tu destino. -Y extendiendo su brazo, dejo deslizarse de entre sus dedos parte del dorado fluido que lo recubría, después, cerrando los ojos con fuerza, condenso en ellos un pequeño fragmento de dolorosos recuerdos, expulsándolos en una lágrima ardiente como el magma, que se deslizo por su piel hacia las profundidades de la tierra.
-Yo, también la amaba. -Dijo la figura con voz entrecortada.
-Pero por aquel entonces, yo... -La voz de la figura se rasgo, como si sus palabras se ahogaran en la garganta. Respiro profundamente y continúo su plática.
-Mis manos estaban más atadas por mi orgullo que por la razón. -Las palabras volvieron a cortarse en su boca y un gesto en su rostro dejo ver la lucha que la ardiente forma, libraba para no verse atrapado por los recuerdos que golpeaban su mente. Tragando saliva se levantó, adquiriendo una posición erguida.
-El hechizo no te otorgara tu estado de antaño durante mucho tiempo. Pero a cambio, te otorgara algo más. Un regalo que te doy por mi arrogancia de entonces.
-¡No lo rechaces, por favor! -Dijo, elevando su voz. -¡No olvides lo que la hicieron, y lo que tú y los tuyos sufristeis por ello! -Tras coger una enorme bocanada de aire, sus ojos se volvieron rojos, y mirando al negro cielo con los brazos en cruz, su cuerpo empezó disolverse mientras sus palabras eran poseídas por una ardiente cólera.
-¡Y haz que lo paguen con sus vidas y almas! -Gritó con más fuerza.
-¡Todos y cada uno de los que se dejaron hechizar por el negro poder! ¡Qué no quede de ellos ni las cenizas de las que puedan renacer!
Las últimas palabras sonaron con tanta fuerza que todo el valle y las montañas de Dadora retumbaron, como si un terremoto lo asolara desde sus entrañas. La figura que a al principio parecía que se iba ha disolverse en el aire, volvió ha formarse rápidamente y a implosionar, convirtiéndose en una pequeña mota dorada, que desapareció con un tímido destello. Después de aquello, el silencio volvió apoderarse de las montañas y todo regreso a la mortífera normalidad, como si nada de lo sucedido hubiera ocurrido y todo hubiera sido un sueño. Pero no lo fue, y la vieja y gruñona Sabala lo había visto. Escondida tras una roca, temblando por el miedo y el frió que había paralizado sus gastados músculos, rezaba a los antiguos dioses olvidados para que esa criatura dorada no hubiera notado su presencia.
La vieja Sabala se mantuvo quieta durante varios minutos, hasta que sus piernas empezaron de nuevo ha sentir la sangre correr por ellas. Se levanto lentamente, sin perder de vista el enorme agujero que a unos metros de ella se encontraba. Hablaba para si misma en voz baja, mientras se daba ánimos para que el miedo no la paralizara.
-¡No!, ¡no! -Repetía constantemente.
-¡Tengo que irme de aquí!, ¡si!, me iré despacito colina abajo y fingiré que no he visto nada, ¡si!, eso haré, antes que lo invocado por ese demonio de las montaña salga y me atrape. -Sin dejar de mirar de reojo el oscuro cráter, mientras rezaba para no ver salir cualquier tipo de criatura que la confundiera con su cena. Ya había dado unos cuantos pasos colina abajo, cuando una voz en su cabeza detuvo su descenso.
-¡Si esa cosa sale, no tardaría ni una hora en encontrase el primer poblado! -Le susurro Alma desde una parte de su cabeza.
-¡Y eso a nosotras que nos importa! -Le contestaba Mente desde otra.
-¿Acaso allí a lo lejos, en ese poblado de tejados verdes no vive lo que más queremos? -Dijo con más fuerza Alma. La mujer se paro en seco y dejo que Alma siguiera hablando.
-Sabes muy bien como hechicera, de experiencia. -Dijo Alma. -Que los hechizos de demonios tardan varios minutos en formar sus criaturas. -Paro unos segundos Alma de hablar. Continúo más despacio.
-Y en ese periodo, el flujo que lo crea puede ser bloqueado. Por eso los demonios de tierra, buscan lugares apartados y solitarios, para que sus criaturas se completen y nadie pueda destruirlas antes de nacer.
-Cierto. -Dijo la mujer.
-Cierto. -Confirmo Mente.
-Así... -Continuo Alma hablando.
-Si tú puedes evitar que el flujo se complete, la criatura no nacerá y no hará daño a lo que tu más quieres. Que vive allí, en una casa con tejado verde.
La mujer asustada, pero sabiendo que lo que las palabras de Alma eran ciertas, agarro con sus manos temblorosas sus largos y oscuros faldones y con pasos firmes se acerco a la silenciosa grieta. Durante unos instantes se mantuvo de pie ante la cavidad, negándose ha mirar lo que la oscuridad de la fosa guardaba en su interior. Apretando fuertemente sus maltrechos dedos al polvoriento faldón, bajo la mirada lentamente, intentando prepararse ante la terrible visión que le esperaba. Pero no estaba preparada para ver lo que vio en el fondo de la cavidad. Nada. Desconcertada, se inclino más para mirar en su interior, pero solo podía deslumbrar una masa de tierra negra, negra como el carbón, que desprendía un olor ácido muy desagradable, mezclado suavemente con un embriagador aroma ha rosas secas. ¿Pero...?, ese olor a rosas secas no era normal, lo había olido antes, si, hace mucho tiempo, cuando era una niña, unas rosas muy especiales que solo se cultivaban en un sitio, pero, ¿Dónde? ¿Dónde había sido aquello? Tanto le distrajo ese pensamiento a la mujer, que su pie derecho, se deslizo imprudentemente sobre el borde de la grieta, haciéndola perder el equilibrio y precipitándola al fondo del oscuro cráter, donde sus viejo cuerpo se golpeo con brusquedad en el suelo, quedando inconsciente sobre la húmeda y blanda tierra con olor a rosas secas.
CONTINUARA....